Falsos dioses

El ser humano adolece de infinidad de defectos, y uno de ellos, posiblemente el de pisada más honda, sea su sed de poder, aunque siendo más precisos hablaríamos del reconocimiento de ese poder, el sentirse admirado. No en vano la posesión de grandes lujos o capacidad de mando sobre otras personas sirve de bien poco si no se hace gala de ello, aunque sean impostados, ante una sociedad ávida de referentes. Desde los primeros jefes de tribu hasta Donald Trump la humanidad siempre ha mostrado esta disposición idólatra.


Jordan Belfort interpretado por Leonardo DiCaprio en la película ‘El Lobo de Wall Street’ [Fuente]

De hecho, esta admiración, desaforada, casi ciega, gira en torno al aura del individuo, lo que da firmeza a su mensaje y no al revés. Es el triunfo de lo plástico sobre lo inmaterial aupado por el populacho carente de capacidad crítica. Desde que el hombre se hizo a la sociedad esto ha sido siempre así, y así seguirá siendo.

El negocio estructurado alrededor del deporte no es ninguna excepción. Existen unos pocos que, por así decirlo, forman una cooperativa de pastores, líderes o profetas, que se protegen unos a otros con la finalidad de hacer cada vez más grande su ejército de acólitos del que, por supuesto, no buscan otra que la efigie de estos falsos dioses.

En su reino ocurre como en cualquier palacio real: envidias, amores y desamores, ‘envenenamientos’ y demás juegos en la conquista del poder, pero siempre cuidando que la imagen de cara el rebaño sea de éxito y camaradería. A veces hay alguna pelea premeditada para mantener la atracción del populacho, de este modo agitar un poco a estas ovejas y que por el camino caigan unas pocas visitas más para que estos hábiles trileros acrecienten su estatus y economía.


Grupo de chavales de los considerados ‘Aesthetics’, o lo que es lo mismo, naturales solo de cara a la galería [más información aquí]. Los ‘falsos dioses’ no presentan necesariamente este aspecto, los hay de toda condición, pero la definición y un buen volumen muscular son un importante reclamo entre los iniciados en el mundo de los hierros. En España, como cabe esperar, tenemos nuestra propia fauna. [Fuente].

Si bien no es fácil identificar a los pastores, suelen estar presentes las siguientes características dependiendo del grado de endiosamiento:

  • Tienen una personalidad muy atrayente y alta capacidad de mando, que por lo general va unida a un físico que por norma consigue destacar por el uso de química, casi nunca reconocido salvo, quizá, cuando los efectos se hacen muy evidentes. Por ello no se enfrentan a preguntas directas sobre su posible dopaje, actual o pasado, aunque no dudarán en mentir para preservar su trono.
  • Su máxima es ‘El fin justifica los medios’ aunque eviten, como es lógico, hacerlo notar. La última parada siempre es acaparar el mayor número de seguidores, el individuo se pierde entre el grupo. Las trampas son su medio de supervivencia, no dudarán en comprar suscriptores y censurar aquellas críticas educadas, argumentadas o no.
  • Crean una imagen de éxito irreal o exagerada, lo que genera un interés artificial e hipervitaminado.
  • Tras ellos hay una o varias marcas que los patrocinan, lo que de primeras habrá de encender en nosotros una luz de alerta sobre la independencia de su discurso.
  • Son poseedores, como no, de rutinas milagro, exclusivas y revolucionarias, más falsas que una moneda de 3 euros. Y una vez pases por caja, olvídate de reclamaciones o una mínima atención personalizada.
  • Si no estás con ellos estás contra ellos.
  • Suelen estar rodeados de lacayos que van rotando a medida que se aburren de ellos o estos mismos se dan cuenta del dios de cartón al que siguen.

En realidad, el problema no está en ellos, sino en nosotros que alimentamos este tipo de conductas, tal como sucede en política. En este caso, son las ovejas las que eligen a su pastor, por lo que quizá es más interesante estudiar al rebaño:

  • Toleran bastante bien la autoridad, es más, alguno no sabe operar sin ella.
  • Suelen carecer de espíritu crítico, con lo que se dejan alienar por su líder, haciendo oídos sordos a cualquier otra alternativa.
  • Defensa irracional sobre las palabras del pastor.

El descarrilado, el opositor al imperativo de la mayoría,  representa la amenaza del grupo. De opinión no polarizada, o al menos, lucha para que así sea. Se informa y pone constantemente en tela de juicio sus conocimientos. Tarea que requiere grandes sacrificios de tiempo y dolores de cabeza, pero cuyo fin no es llamar la atención sobre su persona, sino sobre la búsqueda de la libertad de pensamiento.

Ovejas y pastores desean su extinción, pero la naturaleza perseverante de este reducto de animales salvajes sigue empujando para que el negocio de la mentira no siga prosperando en un mundo tan manipulado ahora como siempre lo ha sido.


Imagen de portada: Eco y Narciso, pintura de John William Waterhouse

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